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Bruce Springsteen cumple 70 años: un padre que lo atormentó, su depresión, el éxito y sus canciones invencibles

 

Por Matías Bauso

El Jefe hoy quiere mostrar su lado más humano. Contarle al mundo que detrás de esa gran estrella de rock, hay un ser humano sensible. Su gran historia, sus secretos y la música que lo convirtió en ídolo

 

El Jefe cumple setenta. Bruce Springsteen entra, como tantos otros rockeros, en la tercera edad pero lo hace con una sorprendente vitalidad. No se resigna a revivir glorias pasadas, a vivir de rentas, de canciones escritas hace más de 40 años. Bruce, a su modo, siempre intenta transitar nuevos caminos. Y sigue siendo, uno de los mejores artistas para ver en vivo.

En los últimos años además de presentarse con su banda en distintas partes del mundo escribió sus memorias, montó un show unipersonal en Broadway (puede verse en Netflix y escucharse el disco en Spotify) y sacó un nuevo trabajo con flamantes canciones, Western Stars.

Cuando se dice vitalidad se suele confundir con la capacidad para correr y saltar durante un par de horas en el escenario a la edad en que otros apenas pueden llegar al bar de la esquina para tomar un café. Springsteen tiene esa energía de sobra (sus recitales duran al menos tres horas: maratones de guitarras, interpretaciones musculosas y hits invencibles). Pero su vitalidad es de otro signo, es superior. Él busca nuevas caminos, nuevas formas de expresarse; lo hace con constancia y disciplina. No se sienta (podría hacerlo tranquilamente) sobre su gran catálogo de viejas canciones.

Bruce Springsteen nació en 23 de septiembre de 1949 en Nueva Jeresey, Estados Unidos. A los siete años supo que su vida sería la música (Shutterstock)

Bruce Springsteen nació en 23 de septiembre de 1949 en Nueva Jeresey, Estados Unidos. A los siete años supo que su vida sería la música (Shutterstock)

A los siete años, frente a la televisión, rodeado por sus padres y su hermana, supo qué era lo que quería hacer de grande: del aparato salía un joven revestido en cuero que cantaba y se contoneaba como nadie antes. Elvis Presley en el show de Ed Sullivan iniciaba una nueva era y Bruce Springsteen supo, atravesado por una revelación catódica, que allí estaba su camino. Cegado por la luz del Rey.

Más allá de los covers de rock clásico que siempre aparecen por sorpresa en sus shows en vivo, existe otra conexión entre Elvis y Springsteen. En 1977, Bruce le dijo a Jon Landau, su manager (que antes de asumir ese cargo, y siendo periodista de rock dijo que Bruce “era el futuro del rock and roll”) que ya era hora de que Elvis tuviera un nuevo hit, que no podía seguir cantando sólo sus viejos caballitos de batalla. Y en unas horas compuso, a medida, Fire. Elvis murió al poco tiempo sin llegar a grabar la canción. Tiempo después, las Pointer Sisters con su versión del sensual tema consiguieron un Top 10.

Bruce Springsteen en Hyde Park, Londres, 1982 (Shutterstock)

Bruce Springsteen en Hyde Park, Londres, 1982 (Shutterstock)

En la vida de Bruce hay un personaje clave y conflictivo. Doug Springsteen, el padre, cuya sombra, su impronta oscura perseguirá y atormentará a Bruce toda su vida. Hosco, huraño, reconcentrado en sí mismo, inexpresivo e impiadoso, el padre es una figura a la que su hijo teme y de la que trata de huir. La relación la regía el sagrado Six-Pack, las seis cervezas consecutivas que cada noche Doug se tomaba antes de abrir su coraza para comunicarse con su hijo.

Aún así, dice Bruce, “cuando mi padre se fijaba en mí, no veía lo que quería ver”. Un episodio revela que algo cambió cuando el padre transitaba sus últimos años. Debió rendirse ante las evidencias. Luego de ganar el Oscar por Streets of Philadelfia, Bruce se cruzó todo el país para llevarle la estatuilla a sus progenitores. Cuando ingresó al hogar paterno, dejó el premio sobre una mesa, mientras su madre lo abrazaba. El padre, sentado frente al televisor, sin sacar la vista de él, con una extraña combinación de derrota y orgullo, sólo musitó: “Nunca más le diré a nadie lo que tiene que hacer”.

La historia de Springsteen, en los comienzos, se parece a la de tantos otros sólo que se le debe adosar las particularidades de Nueva Jersey. Sus inicios musicales, los escarceos con las canciones ajenas y propias, la recorrida por los bares, los primeros grupos, el encuentro con Steve Van Zandt, Southside Johnny, los locales del Asbury Park, los intentos por encontrar su voz, los fracasos, la experiencia ganada en escenarios de bares raleados de parroquianos.

En ese devenir se va construyendo el artista mientras se pregunta cómo logrará dar el salto, conseguir su primer contrato, llamar la atención del público y de los ejecutivos de las discográficas. Cree -sabe- que su camino es el de la música pero por momentos cae bajo la inseguridad y la desesperación de quien no ve las cosas fáciles, del que sabe que el que está intentando puede ser el último tiro, sin red de contención, el solitario que no puede dimensionar su arte, que no sabe cómo será recibida su obra.

Hasta que una reunión con John Hammond -descubridor de Dylan, Aretha Franklin y Billie Holiday- es la puerta por la que ingresa su futuro. De ahí en adelante, el talento, la capacidad de trabajo y las buenas canciones harán el resto.

En enero de 1980, con su vincha y su musculosa (Shutterstock)

En enero de 1980, con su vincha y su musculosa (Shutterstock)

Luego de dos primeros discos promisorios pero que no habían explotado comercialmente, llegó la consagración artística y comercial con Born to run. Es un disco perfecto en el que cada canción es un clásico y cada interpretación conmueve. El trabajo fue obsesivo, maníaco. Springsteen buscaba una voz (su voz adulta), una historia, un sonido. La canción que da título al álbum le llevó seis meses escribirla. Esquivó las frases hechas, batalló contra los lugares comunes hasta que encontró el modo de contar lo que quería. La consagración fue inmediata.

En la misma semana de 1975 Newsweek y Time lo pusieron en
tapa
, en una época en la que los fenómenos del rock y del pop todavía no ocupaban lugares centrales en la prensa considerada seria. Las excepciones eran escasas y Bruce fue una de ellas. Se había cumplido el vaticinio de Jon Landau.

Un juego que casi todos alguna vez han jugado: elegir un top 5 de canciones favoritas. Es natural que ese ranking personal se modifique constantemente. Las canciones entran y salen constantemente de ese listado caprichoso. Sin embargo, Thunder Road, el tema que abre el tercer disco de Springsteen, debiera figurar en cada ranking. El comienzo con la armónica y el piano, las imágenes de los primeros versos.

“The screen door slams, Mary’s dress waves/ Like a vision she dances accross the porche as the radio plays/ Roy Orbison sing for the lonely…” (La puerta se cierra de golpe/ el vestido de Mary flamea/ Como una visión ella baila en la galería mientras la radio suena/ Roy Orbison canta para los solitarios).

El Jefe durante el concierto de Amnesty en 1988 (Shutterstock)

El Jefe durante el concierto de Amnesty en 1988 (Shutterstock)

Dos o tres líneas después llegan los versos, que aúnan la derrota y la esperanza, que emocionan siempre, invariable e inexplicablemente. Esos que a partir de fines de los 70, Springsteen, en sus actuaciones en vivo, dejó de cantar para que lo haga el público:

“Show a little faith, there’s magic in the night/ You ain’t a beauty, but hey you’re alright/ Oh, and that’s alright with me” (Muestra un poco de fe/ la noche está llena de magia/ vos no sos una belleza pero no estás nada mal/ Y eso está muy bien para mí).

Es un buen ejemplo de la lírica, de las letras de Springsteen. Son esforzadas, se las ve trabajadas, sinceras, contundentes, ambiciosas, pero pocas veces cae en lo pretencioso, rozan la grandilocuencia. Las canciones de El Jefe juegan en la frontera de lo presuntuoso, miran ese abismo, el peligroso coqueteo con la solemnidad, pero logran sortearlo. El límite entre la épica y el ridículo es breve. Sus temas son tradicionales; utiliza elementos arquetípicos. Tal vez allí resida su arte: en el modo único de combinarlos. Jersey, las chicas, los autos, las autopistas, los desclasados, las fábricas, la derrota, las ilusiones ajadas, el sexo y, por supuesto, la redención.

Bruce Springsteen y la E Street Band en Fenway Park, Boston (Shutterestock)

Bruce Springsteen y la E Street Band en Fenway Park, Boston (Shutterestock)

Springsteen grabó, al menos, tres discos que pueden ser considerados obras maestras: Born to run, Nebraska y Born in the Usa. Otros cinco de sus álbumes son excelentes. Y en vivo es una fuerza de la naturaleza, uno de los actos que merece la pena ser vistos y escuchados.

Aquí entra a jugar el complemento perfecto de El Jefe, la E Street Band, una topadora de rock y soul con una base rítmica invencible y algunos talentos que se destacan en lo musical y escénico como Steve Van Zandt, el fallecido Clarence Clemons y Nils Lofgren. Sus conciertos, aún con las siete décadas encima, son veladas de tres horas en el que todos salen satisfechos y agotados.

 

Sus grabaciones alternan lo enorme con la pequeñez. Luego de un gran suceso bajó los decibeles con un disco acústico, en solitario, sin la E Street Band. Sus movimientos no siempre fueron previsibles pero nunca traicionó su instinto ni sus inquietudes. No subestima a su público. Y puede editar en la cumbre de su éxito álbumes áridos, nobles y profundos como Nebraska o The Ghost of Tom Joad.

En los 80 tuvo otro éxito monumental. En el momento en que el pop se metió en todos los hogares, Springsteen con su crudeza, la bandana, la musculosa, los jeans y un par de videos le disputó el trono a Michael Jackson, Prince y a Madonna.

Se convirtió en una estrella global. Como luego de Born to run respondió con Darkness in the edge of town, luego del éxito de los 80 presentó un sosegado Tunnel of love, bajando el nivel de excitación general, instando a una atmósfera íntima, alejándose de los focos.

Born in the USA significó la explosión. Se extrajeron siete singles y vendió casi 20 millones de copias.

Dancing in the dark (impulsada por el video de Brian de Palma con la participación de Courteney Cox) se convirtió en su mayor hit. Al día de hoy, por ejemplo, roza los 200 millones de reproducciones en Spotify.

Springsteen con Barack Obama quien le otorgó la Presidential Medal of Freedom en 2016 (Shutterstock)

Springsteen con Barack Obama quien le otorgó la Presidential Medal of Freedom en 2016 (Shutterstock)

El éxito desbordado de los 80 fue, casi, un malentendido. El tema que nombra al disco fue malinterpretado no sólo en el extranjero sino en países no angloparlantes. Ronald Reaganpretendió utilizarlo en su campaña de reelección. Es como si ninguno de sus asesores se hubiera sentado a escuchar la letra; una canción de protesta, amarga, antibélica, inspirada por la lectura de la autobiografía de Ron Kovic que luego daría lugar a la película Nacido el 4 de julio de Oliver Stone.

Springsteen, una mega estrella en Estados Unidos y Europa no tiene esa estatura en Latinoamérica. En esta parte del continente le jugó en contra, por ese progresismo sobreactuado siempre presente, su identificación con Estados Unidos, como si fuera un representante y vocero del imperialismoun colonizador con guitarra. Este rechazo (o al menos indiferencia) al artista es un reflejo antinorteamericano, una oposición instintiva pero boba. Nada de eso hay en Bruce. La falsa figura patriotera le valió varias críticas, también ayudó a eso el éxito desbocado, inmanejable de los 80.

Bruce Springsteen con toda su potencia en concierto con la E- street Band en el estadio de Sansiro, Milan, en 2012

Bruce Springsteen con toda su potencia en concierto con la E- street Band en el estadio de Sansiro, Milan, en 2012

Es oportuno recordar lo que escribió Nick Hornby sobre Springsteen y esta cuestión: “A veces es difícil recordar que si lo que haces le gusta a un montón de gente eso no significa necesariamente que lo que haces no tenga ningún valor. Es más, en ocasiones puede incluso indicar lo contrario”.

En sus memorias tituladas también Born to run, Springsteen habla por primera vez, con precisión y en detalle, de sus estados depresivos. En un libro que esquiva los chismes, las confesiones escandalosas, los desbordes y la tentación de lanzar nombres famosos al aire, esa es la única gran revelación, ya que pocos pueden imaginar a ese aluvión que es el Springsteen público deprimido en su cama, llorando por cualquier motivo o recurriendo al psiquiatra para que lo saque del pozo anímico.

“La depresión no es un terreno donde los inseguros deban buscar absolutos, y no hay victorias permanentes. Se trata del caos de nuestras personalidades, y siempre es un paso adelante, dos para atrás“, escribió en su libro.

Otros de los hitos en su carrera son la vertiginosa actuación en el entretiempo Super Bowl en el 2009, el ingreso al Rock & Roll Hall of Fame, la gira de Amnesty, su reacción ante el ataque a las Torres Gemelas, el Oscar por Streets of Philadelphia, los Grammys, el Tony por el espectáculo en Broadway, ser uno de los 15 en conseguir el EGOT, ese Grand Slam de los premios: Bruce junto a Audrey Hepburn, Andrew Lloyd Webber, Tim Rice, Mel Brooks y una decena más son los únicos en haber ganado un Emmy, un Grammy, un Oscar y un Tony. Sin olvidar sus giras constantes: a la de Wrecking Ball, una de las últimas, la revista Rolling Stone la llamó “el mejor show en vivo que se puede ver en la actualidad”.

Springsteen en Broadway, a sus 70 años (Shutterstock)

Springsteen en Broadway, a sus 70 años (Shutterstock)

Bruce Springsteen ostenta un carisma invencible, pero tiene mucho más que carisma y determinación. Mucho más. Cada canción suya es una gran historia. Llena de imágenes, alguna metáfora acertada, empatía y una triste ternura. La derrota y la desolación conviven con la esperanza; pero nunca milita un optimismo bobo. Y tienen, al mismo tiempo, energía. Una enorme energía, aún en la balada más quieta.

Son canciones sobre la búsqueda infatigable de la redención, sobre encontrar caminos de salida de ciudades repletas de perdedores.

FUENTE : INFOBAE  Por Matías Bauso

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